Aquel extraño día que mi abuelo volvió a casa...

 La Sihuanaba

En aquellas noches de tormenta, era costumbre de mis hermanos y yo sentarnos en el piso de la sala mientras mi Mamá nos narraba historias de fantasmas o misterio y a pesar de que a veces nos daba mucho miedo sobre todo a la hora de ir a la cama, no dejaba de ser divertido, es una emoción similar a la de subirse a una montaña rusa o “las ruedas” como les decíamos a los juegos mecánicos; uno sabe que la experiencia será aterradora sin embargo al final el susto provocado por la adrenalina del evento es muy divertido, casi con ese mismo afán; siempre esperábamos la noche de los cuentos de misterio.

 Pero me acuerdo de aquella noche, la vez que mi Mamá nos narró una historia que le ocurrió a su Papá; mi abuelo, hace muchísimos años cuando él era joven, esta historia la contó mi abuelo a mi abuela, mi abuela a mi Mamá y ella a mi, y yo aquí la escribo para ustedes.

Mi abuelo; Don Bernabé Pineda, en sus años mozos, se dedicaba al comercio de textiles, compraba y vendía entre pueblos y países, viajaba por solitarios caminos por todo El Salvador, de Nicaragua a Honduras, desde México, Guatemala a Costa Rica, negociaba con finos textiles que producían estos países, y viajaba, viajaba mucho, por todo tipo de caminos y pueblos, pero, resaltaba mi Mamá, solo viajaba de día, porque aunque en la ciudades la utilización de la luz eléctrica ya era común, en pequeños pueblos todavía era muy limitado su uso y eso hacía el viajar por la noche muy peligroso.

Pero con todo y todo, nos cuenta mi Mamá que él siempre regresaba feliz de sus largos viajes, feliz de ver de nuevo a la Victoria; su esposa, en este caso: mi abuelita y claro a todos los cipotes, entre ellos mi madre o la Marina como la llama la familia.

Sin embrago, nos contó mi Mamá que uno de los viajes fue diferente; y me acuerdo muy bien de esto porque aun después de tantos años, al comenzar a narrar esta historia; mi madre pausó por un momento y vi en sus ojos aquel impacto que se le había transmitido a ella al conocer la historia que ahora voy a narrarle a ustedes.

Antes de nada, debo decirles que Don Bernabé Pineda, era un hombre práctico y objetivo, como católico que era entre las pocas autoridades que aceptaba eran la de Dios y uno que otro policía, decía que uno de los errores más grandes era “Creer ciegamente en la sensatez de cualquier mortal”, ya que cada uno de nosotros ve el mundo a su manera, digo esto para enfatizar que mi abuelo no era un hombre ingenuo, que no creía cualquier cuento, por eso; la historia siguiente, como repito; aun después de tantos años, también provoca cierta inquietud en mi.

Fue un día en la que mi abuelo había regresado una tarde de viernes a casa de uno de sus prolongados viajes, pero esta vez no era aquel hombre optimista y lleno de energía que la familia siempre esperaba, había llegado a casa sin la celebridad  de costumbre, lucía abstraído, indiferente, sombrío, mostraba rasguños en sus brazos y cara, sus ropas rotas manchadas de sangre, también recuerda mi Mamá algo muy importante de esa ocasión: No haber escuchado el familiar galopeo de Jaraguá , el inseparable y querido caballo que acompañaba al abuelo como su propia sombra en todos sus viajes y peripecias, aquel galopeo tan esperado que anunciaba el regreso de Don Bernabé y volvía a los cipotes locos de alegría; no se había escuchado esa tarde de viernes.

Pero los cipotes no se dieron cuenta de la ausencia de Jaraguá, Don Bernabé ya estaba en casa y ese era motivo suficiente para gritar y saltar de felicidad y ver a su padre de nuevo, mi abuela lo abrazo feliz en medio del bullicio infantil, fue cuando mi abuela notó su terrible apariencia, lo frío de sus manos, lo turbado y distante en el, aun peor la sangre en sus ropas.

-¿Estas bien Bernabé?... ¿Bernabé?

Preguntó ella mientas tomaba su mano buscando en sus ojos el motivo de su condición, el abuelo no decía nada.

-¿Qué pasa Bernabé?

Insistió muy preocupada, casi implorándole; los cipotes callaron al escuchar el tono de angustia de la abuela, envolviendo la casa completa en silencio.

Mi abuelo seguía sin responder palabra alguna, después de un momento, la abuela tomó su mano y lo encaminó a la silla de la esquina, la que se encuentra al lado de la ventana que da al patio, su silla preferida, donde acostumbraba a leer su periódico en aquellas eternas y quietas tardes de San Miguel.

Se detuvo al lado de la silla y después de un largo y pensativo momento, con una desconsolada calma, se sentó dejando caer su cuerpo sobre la silla como dando punto final a aquel espeluznante acontecimiento.

Mi Mamá, que aunque tenia diez años entonces, recordaba muy bien aquel día y de como al abuelo se le veía tan contrariado, mientras los demás cipotes luchaban por contener la alegría de ver a su Papá, mi abuela nos llamo y les pidió ir a jugar al patio, recuerda mi Mamá, ella fue la ultima en salir de la casa, pero antes volvió a ver y observó como mi abuela miraba a Don Bernabé en aquella esquina tenuemente iluminada por la luz del día que lograba entrar a través de la ventana, él yacía ahí, en silencio, a pesar de que mi abuela conocía muy bien a su esposo, esta vez no podía leer en sus ojos lo que lo apesadumbraba, aquel hombre era prácticamente un desconocido, sus ojos anclados en la nada, su cuerpo casi sin vida posado en aquella silla.  

Después de unos momentos, mi abuela decidió no molestarlo mas y dejarlo solo, dio la vuelta y caminó envuelta en preocupación y sin entender el estado de ánimo de su esposo, lo dejo sin preguntar nada mas.

Fue muchos días después, que mi abuelo ya recuperado un poco, había sacado su silla al patio, quizás buscando un lugar con mas energía y luz, y no tardó mucho; al lado del pozo de agua que esta en el centro del mesón, encontró un espacio muy agradable, debajo de un frondoso árbol de mango, ubicó aquella silla tan cómoda en la que un sin numero de veces se había sentado con una sonrisa de oreja a oreja para disfrutar de la tranquilidad de las noches con mi abuela, curiosamente hoy lo hacía de día, quizás buscando olvidarse de las memorias de aquel nefasto suceso.

Debajo de la sombra del árbol, mi abuelo colocó la silla no sin antes asegurarse que tenia una vista abierta al brillante cielo, la tarde era fresca, las ramas del árbol de mango se movían acariciadas por la leve brisa, mi abuelo finalmente se sentó en aquella silla de madera que con tantos años de uso y la pintura añejada, parecía tener siglos de antigüedad, con todo eso, no dejaba de ser un de sus cosas preferidas, se la había fabricado mi tío Guillermo, el hermano de mi abuelo que es carpintero, que también vive en el mesón “Reina”, el había hecho la silla hacía unos quince años.

Mi abuelo le solía contar jubilosamente de las peripecias y aventuras que le ocurrían en sus viajes, ya que su oficio lo llevaba por los cuatro puntos cardinales, aunque las historias eran llenas de cuentos divertidos, a veces, decía el abuelo cambiando a un tono triste; Se sentía solo y melancólico, especialmente porque el trabajo lo mantenía alejado de la familia, también era pesado y tedioso ya que todavía se viajaba a caballo en la mayoría de los casos, por solitarios caminos, y aunque ya habían buses y automóviles, las carreteras entre pueblos pequeños no existían o no eran adecuados en aquellos años para transporte motorizado, pero aun así decía sonriendo nuevamente el abuelo, era bonito viajar por estos caminos, entre pueblos en coche o carreta jalada a caballos y conocer gente, sus costumbres, comidas, cruzar ríos, montañas y hermosos bosques.

Fue aquella tarde que finalmente mi abuelo decidió contarle a mi abuela, la historia de lo que le había pasado en su ultimo viaje mientras caminaba de regreso a casa  a través de las montanas de Hato Nuevo, un pequeño pueblo al norte de San Miguel.

Viendo al cielo, guardó un minuto de silencio, mientras mi abuela estaba sentada a su lado, mi abuelo como en un trance hipnótico se inclinó hacia ella y con una voz muy baja y grave le dijo:

-Cuando viajes por el campo, en esos profundos bosques del interior, pase lo que pase, nunca… Nunca te arriesgues a pasar por las montañas de noche…

-¿Qué pasó Bernabé?

Preguntó con impaciencia mi abuela… Entonces el abuelo se reclinó lentamente de espaldas en la silla y viendo hacia el cielo respondió:

-Hace unos días pude haber jurado no creer y reírme de cuentos de fantasmas… Pero no mas… No mas…

Repitió suavemente, mientras guardó silencio de nuevo, quizás batallando por no recordar aquel acontecimiento del que solo se refirió un par de veces durante el resto de su vida, y fue la noche que vio a la Sihuanaba.


Continúa en la pagina 2 La salida de hato Nuevo...


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Extracto del libro “Martes Gris” De Luis A. Portillo

LAPortillo@gmail.com